A lo largo de mi vida, pero sobre todo en mi profesión como coach, he llegado a una conclusión que cada día confirmo más. He aprendido a clasificar a las personas en dos grandes grupos.
No por su personalidad.
No por su profesión.
No por su nivel de éxito.
Sino por la energía que dejan en los demás.
Están quienes te cargan la batería. Y están quienes te la descargan.
Seguro ya pensaste en alguien.
Hay personas con las que conversas quince minutos y, al despedirte, sientes que puedes conquistar el mundo. No necesariamente resolvieron tus problemas. Ni tenían todas las respuestas. Pero saliste más liviano. Más esperanzado. Más creativo. Más tú.
Y también están esas personas que, sin darse cuenta, entran a una reunión, a una oficina o incluso a una reunión familiar… y parece que la luz baja de intensidad. Todo se vuelve más pesado. Cada idea encuentra un “pero”. Cada oportunidad se convierte en un riesgo. Cada conversación termina alimentando el miedo, la crítica o la queja.
Como si fueran un cargador… o un drenaje de energía.
Durante muchos años pensé que esto tenía que ver con el carácter. Hoy estoy convencida de que tiene mucho más que ver con una elección. Porque la energía con la que vivimos no siempre depende de las circunstancias que enfrentamos. Depende, sobre todo, de la actitud con la que decidimos habitarlas.
Viktor Frankl lo expresó de una manera magistral:
“Entre el estímulo y la respuesta existe un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder para elegir nuestra respuesta.”
No siempre podemos cambiar lo que nos sucede. No podemos controlar una crisis, una pérdida, un cliente difícil, una enfermedad o una noticia inesperada. Pero, sí podemos decidir desde dónde responder. Y esa decisión cambia la energía que llevamos al mundo.
Porque la energía es profundamente contagiosa.
Como coach lo veo todos los días.
He visto líderes que llegan convencidos de que tienen un problema de estrategia, cuando en realidad lo que está agotando a su equipo es la energía con la que lideran.
He visto familias donde no hacía falta resolver todos los conflictos; bastaba con que alguien decidiera romper el ciclo del juicio para que todo empezara a transformarse.
He visto organizaciones invertir miles de dólares en programas de cultura, cuando el cambio comenzó el día que un líder decidió escuchar antes de reaccionar.
La energía siempre encuentra la manera de expandirse.
Y aquí aparece una idea que ha ido tomando cada vez más fuerza en mi vida.
Creo que los milagros también funcionan así.
Nos enseñaron a esperar los milagros como si fueran algo que sucede desde afuera. Como si un día, de repente, Dios cambiara nuestras circunstancias y entonces todo estuviera bien. Pero, ¿y si muchas veces Dios empieza cambiándonos a nosotros? ¿Y si el primer milagro ocurre cuando cambia la energía con la que enfrentamos aquello que no podemos cambiar?
Porque cuando una persona decide responder con esperanza en lugar de miedo…
Con gratitud en lugar de queja…
Con servicio en lugar de ego…
Con amor en lugar de resentimiento…
Algo empieza a cambiar alrededor.
No por arte de magia. Porque esa energía comienza a tocar otras vidas.
Una palabra de ánimo puede cambiar el día de alguien.
Una conversación honesta puede salvar una relación.
Un líder que transmite calma puede cambiar el destino de un equipo entero.
Una persona que decide perdonar puede romper una cadena que llevaba generaciones.
Quizá por eso creo que los milagros rara vez empiezan con un gran acontecimiento. Empiezan con una decisión.
La decisión de convertirse en alguien que construye más de lo que destruye.
Que inspira más de lo que critica.
Que escucha más de lo que juzga.
Que suma más de lo que resta.
Al final, todos somos una especie de estación de carga para las personas que Dios pone en nuestro camino.
La pregunta nunca ha sido si tienes energía. La pregunta es qué tipo de energía estás transmitiendo.
Porque esa energía llegará a tu trabajo.
A tu matrimonio.
A tus hijos.
A tu equipo.
A tus clientes.
Y, tarde o temprano, la vida suele devolvernos aquello que constantemente ponemos en circulación. Por eso, hoy ya no me pregunto únicamente qué resultados quiero obtener. La pregunta que intento hacerme cada mañana es mucho más simple…
¿Hoy voy a cargar la batería de las personas que encuentre… o voy a descargarlas?
Porque, al final, los milagros no siempre se esperan.
Muchas veces empiezan cuando alguien decide convertirse en uno para los demás.
Y tú, ¿Eres cargador o descargador de energía?





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